Historia del Museo de Arte Romano de Mérida

El actual Museo Nacional de Arte Romano, vino a sustituir al antiguo Museo Arqueológico de Mérida, creado por Real Orden el 26 de Marzo de 1838.
El 19 de Septiembre de 1986 se inauguraba la sede actual del Museo, obra de Rafael Moneo Vallés, exponente clave de la Romanización de Hispania, explicada a través de las piezas recuperadas del yacimiento emeritense.

Centro investigador y difusor de la cultura romana, en él se celebran congresos, coloquios, conferencias, cursos, exposiciones y otras muchas actividades de ámbito nacional e internacional.

Antecedentes

Los precedentes del Museo Nacional de Arte Romano se remontan al siglo XVI, cuando don Fernando de Vera y Vargas, señor don Tello y Sierra Brava, comenzó a formar una importante colección epigráfica en su palacio. Su hijo, el conde de la Roca, la mantuvo y acrecentó, disponiendo algunas piezas en la fachada del edificio, el cual fue derribado a finales del siglo pasado.

En 1724 se reunieron, a iniciativa del Ayuntamiento, a la entrada por el puente al Conventual o Alcazaba varios mármoles antiguos descubiertos en la ciudad. Este mismo siglo XVIII ve formarse otra colección, la denominada “Jardín de Antigüedades” en el Convento Jesús de Nazareno (hoy Parador Nacional de Turismo), bajo la atenta supervisión de dos eruditos de la época: Agustín Francisco Forner y Segarra, y el padre Domingo de Nuestra Señora.

Desde entonces, diversas excavaciones van a ir proporcionando numerosos objetos arqueológicos que acrecientan notablemente las citadas colecciones.

Como consecuencia de la Desamortización del Estado, consciente de la importancia arqueológica de la ciudad, cede en 1838 para museo la Iglesia del convento de Santa Clara, donde se instalan, por fin, las series emeritenses. El primer inventario del centro, realizado en 1910, arrojó un total de 557 objetos.

Posteriormente, bajo la dirección del catedrático de Arqueología de Madrid, José Ramón Mélida, y del erudito arqueólogo local Maximiliano Macías, comienzan las excavaciones sistemáticas en el conjunto monumental emeritense (teatro, anfiteatro, circo, necrópolis, casas, etc.), que se desarrollan entre 1910 y 1936. Los fondos del museo, incorporado desde 1939 a la tutela del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, aumentan hasta el número de 3000 piezas.

La idea de crear un museo dedicado exclusivamente al arte y la cultura romana en Mérida era acertada, ya que el yacimiento emeritense a través de sus restos monumentales y de las piezas de su museo nos acerca al proceso de romanización en Hispania en todas sus facetas. Por otra parte, la relevancia de sus colecciones adquiere una dimensión que excede el ámbito local y regional, y justifica su carácter de Museo Nacional.

No se dudó de la ubicación del nuevo museo. Nada mejor, según apreciación de su anterior director, José Álvarez Sáez de Buruaga, que situarlo contiguo al teatro, anfiteatro y casa del anfiteatro, que reciben un elevado número de visitantes al año, y donde la evocación de la romanidad en que nos envuelve este conjunto es excepcional. Además, las excavaciones necesarias antes de iniciar la nueva construcción, aportaría un importante contexto arqueológico que quedaría incorporado al museo.

En 1980 el proyecto del edificio fue encargado al arquitecto Rafael Moneo Vallés, quien lo llevó a cabo entre 1980 y 1985.

La instalación museográfica es obra del actual equipo científico del museo que trabajó en estrecha colaboración con el arquitecto. Fue proyectada para asumir nuevas incorporaciones y cambios, según lo aconseje el desarrollo de la constante investigación arqueológica realizada en el solar emeritense.

El museo fue inaugurado el 19 de septiembre de 1986 por SS MM los Reyes de España en presencia del presidente de la República de Italia. Se rememoraba así el vínculo de Roma con una de las más importantes ciudades del Imperio: Augusta Emérita.

El edificio

En la actualidad la arquitectura de los museos ha adquirido una gran importancia, siendo evidente el protagonismo de los poderes públicos como responsables de la conservación, fomento y difusión de los bienes culturales. Las últimas realizaciones que se han llevado a cabo en todo el mundo expresan un creciente interés por estas instalaciones, a las que la sociedad moderna ha despojado de un contenido esencialmente pasivo, para convertirlas en lugares no sólo de conservación y colección, sino especialmente en productores de comunicación y difusión de la cultura. El papel de la arquitectura en estos edificios multivalentes, donde ésta se encuentra albergando y enfrentándose a otras manifestaciones culturales es complejo pero enormemente sugerente.

Entre las diversas intervenciones promovidas por el Ministerio de Cultura en los últimos años, referidas a instalaciones museísticas, destaca, sin duda, la construcción del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida. La voluntad de crear este museo coincidiendo con la celebración del bimilenario de la ciudad en 1975. Posteriormente adquiere el Estado adquiere un terreno frente al conjunto monumental del teatro y del anfiteatro, llamado “Solar de las Torres”, bien conocido por sus hallazgos arqueológicos y bien situado por la proximidad al mundo romano. Esta situación destacada permitiría integrar ruinas y museo en un conjunto privilegiado.

Previa a la programación de las obras se realizó una excavación del solar que puso a la luz una zona suburbana “extramuros” de la ciudad, y que comprende zonas de la arquitectura doméstica, necrópolis, un tramo de calzada y otro tramo de la conducción hidráulica de “San Lázaro”.

Los primeros estudios sobre el museo, los realiza don José Menéndez Pidal, arquitecto encargado de la conservación de los monumentos emeritenses entre 1948 y 1978, después de las atenciones que recibieron de don Félix Hernández Giménez que sucedió en sus trabajos a don José Ramón Mélida y a don Aurelio Gómez Millán.

Con la muerte de don José, en 1978, se interrumpieron los trabajos sobre el museo que no llegaron a plasmarse en el anteproyecto de encargado por el Ministerio de Cultura.

Entre tanto, las excavaciones realizadas en el “Solar de las Torres”, habían producido un desnivel entre las calles que lo circundaban y las cotas inferiores de la excavación, superior a los ocho metros, que provocaron graves situaciones de inestabilidad en la vía pública y que forzaron al Ministerio a encargar al entonces arquitecto de la zona Eduardo Barceló, un proyecto de muros de contención, en todo el perímetro del solar capaces de garantizar la seguridad de la circulación tanto rodada como peatonal.

Dado el elevado presupuesto del proyecto y pensando que la arquitectura del propio edificio podría colaborar en el contrarresto de los empujes, se decidió encargar el proyecto del museo sin recurrir a la figura del concurso, dada la urgencia planteada por los acontecimientos. En 1979 se encarga el proyecto a Rafael Moneo Vallés que gozaba de un importante prestigio por obras como el edificio Bankinter o el Ayuntamiento de Logroño.

Los factores condicionantes del proyecto fueron la conservación “in situ” de los hallazgos arqueológicos, la comunicación del museo con el recinto teatro-anfiteatro, y obviamente el proyecto realizado por don José Álvarez Sáenz de Buruaga.

Al poco tiempo del comienzo de las obras en 1980, surgieron problemas urbanísticos que fueron resueltos favorablemente por la intervención de Antonio Vélez Sánchez, entonces concejal responsable del urbanismo en Mérida, y por la modificación planteada por Moneo en la fachada norte, donde el retranqueo exigido le permitió introducir en el lucernario que proporciona luz rasante en los fondos de las naves laterales.

Esta obra es, sin duda, una de las más tradicionales de Moneo desde el punto de vista figurativo. En ella formula un lenguaje arquitectónico donde plantea el retorno al pasado en los términos de las técnicas, los significados y los contenidos sin olvidar el presente. El esquema general del diseño comprende dos cuerpos de edificación separados por la calzada romana y conectados por una potente pasarela que vuela sobre los restos arqueológicos. En uno de los edificios se alberga el museo y sus almacenes, lo que Moneo en la memoria del proyecto llama museo-archivo, y en el otro establece talleres de restauración, biblioteca, salón de actos y dependencias administrativas. El primero está compuesto por una especie de nave principal y una serie de crujías paralelas y a su vez perpendiculares al espacio basilical, con una luz cenital filtrándose por la propia estructura de los techos y la iluminación planteada a través de los paramentos verticales es controlada y matizada por los muros que conforman la nave, en la fachada sur, y las ventanas abiertas en la fachada norte garantizan la luz directa.

El sistema repetitivo de crujías está superpuesto a una retícula de circulación que entraña una jerarquía suceptible de adoptarla el propio visitante. La apertura de los arcos en los muros paralelos que conforman el espacio de la nave están proporcionados utilizando las relaciones geométricas del Arco de Trajano que sugieren al visitante las dimensiones que en su día tuvo la Mérida romana. Este sistema de muros paralelos se traduce en la fachada sur en un sistema de contrafuertes que evocan la geometría y la solidez del Acueducto de los Milagros.

En el segundo cuerpo del edificio destaca la equilibrada composición de la fachada sur, donde se establece como único elemento compositivo un arco que encierra el acceso principal del museo rematado en por un potente dintel de mármol blanco y un nicho. La puerta contiene bajorrelieves en bronce de Francisco López y el nicho alberga una escultura romana de mármol. El resto del edificio, por su carácter administrativo, tiene una escala más próxima a la arquitectura doméstica.

Como resumen, diremos que las relaciones de los espacios comprendidos en el interior de los límites del museo y la significación que adquiere la estatuaria arquitectónica son fundamentales si se quiere comprender el sentido de esta arquitectura.

Las obras del museo finalizaron en los últimos meses de 1985 y hasta su inauguración, el 19 de septiembre de 1986, se realiza la instalación de sus colecciones, debido a un equipo de arqueólogos emeritenses coordinados por el actual director José María Álvarez Martínez, con la valiosa colaboración de Antonio Díaz Pintiado en la restauración de los mosaicos y siguiendo el sistema de Moneo que diseña desde los pedestales hasta las vitrinas y hasta la última silla del edificio.

Finalmente, lo que confiere mayor interés a las instalaciones del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, es la posibilidad de convertirse en el primer centro de investigación del mundo romano en España y en un lugar de encuentro, comunicación y difusión cultural en Extremadura.

El Museo Nacional de Arte Romano de Mérida es una institución que pretende explicar el proceso de romanización de Hispania a todos sus visitantes a través de sus importantes colecciones y, al mismo tiempo, propiciar estudios sobre Hispania romana en general y la provincia de Lusitania en particular para lo que cuenta con el apoyo de numerosas instituciones que hacen posible los numerosos proyectos encaminados a tales fines.